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La ciudad de Washington se tiñó de expectación y hermetismo. Gustavo Petro, presidente de Colombia, llegó a la Casa Blanca en un vehículo del Servicio Secreto, con la bandera tricolor ondeando discretamente en la parte frontal. No hubo guardia de honor ni recibimiento solemne: el mandatario colombiano ingresó sin ceremonias, reflejo de la frialdad que ha marcado la relación con su anfitrión, Donald Trump. En la Columnata Oeste, las cámaras oficiales captaron el apretón de manos entre ambos líderes. Fue un gesto protocolario, más que un símbolo de cercanía. Minutos después, ya en el Despacho Oval, se sentaron frente a frente para una conversación que se prolongó por dos horas y que, según la Casa Blanca, transcurrió en un tono “diplomático”. La prensa, sin embargo, quedó fuera: Trump decidió que no habría preguntas ni flashes en un encuentro que, por su trasfondo, necesitaba discreción. Las delegaciones reflejaron el peso político del momento. Del lado estadounidense, el vicepresidente JD Vance, el secretario de Estado Marco Rubio y el senador Bernie Moreno acompañaron a Trump. Por Colombia, la canciller Rosa Villavicencio, el ministro de Defensa Pedro Sánchez Suárez y el embajador Daniel García-Peña respaldaron a Petro. La diferencia con otros mandatarios latinoamericanos fue evidente: ni la pompa de Bukele ni la efusividad con Milei se replicaron en esta ocasión. El tema central fue el narcotráfico, un asunto que ha tensado la relación bilateral. Washington acusa a Bogotá de un aumento en la producción de cocaína, mientras Petro insiste en su política de sustitución de cultivos como vía para la paz. “La lucha contra las drogas debe priorizar la vida”, escribió el colombiano antes de entrar. Trump, en cambio, había advertido que “enormes cantidades de drogas salen de su país”. El encuentro no puede entenderse sin el contexto de confrontación. Trump retiró la certificación de Colombia como socio en la lucha antidrogas, revocó el visado de Petro e incluyó a su familia en la “Lista Clinton”, con sanciones financieras. Petro, por su parte, ha cuestionado la política ambiental de Trump, su postura frente a Gaza y las operaciones militares en el Caribe. La captura de Nicolás Maduro en enero, ejecutada por fuerzas estadounidenses, fue otro punto de quiebre, aunque paradójicamente abrió la puerta a este diálogo: tras ese episodio, ambos mandatarios sostuvieron una llamada telefónica que derivó en la cita de ayer. Horas antes de la reunión, Colombia extraditó a Estados Unidos a Andrés Felipe Marín Silva, alias Pipe Tuluá, requerido por tráfico de cocaína. El gesto fue interpretado como una señal de cooperación en medio de la desconfianza. Petro encara la recta final de su mandato, con elecciones presidenciales previstas para mayo. Trump, en cambio, busca consolidar su liderazgo en la región bajo un discurso de firmeza. La reunión, más que un acercamiento, fue un pulso político: dos visiones enfrentadas sobre cómo combatir el narcotráfico y cómo entender la diplomacia en tiempos de tensiones globales. En la Casa Blanca, el silencio de los pasillos y la ausencia de periodistas fueron testigos de un encuentro que, aunque reservado, deja huellas profundas en la relación entre Washington y Bogotá.

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