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El norte de Japón amaneció con el estremecimiento de la tierra y el rugido del mar. A las primeras horas del día, un terremoto de magnitud 7.7 sacudió las aguas del Pacífico frente a la prefectura de Iwate, desatando el miedo a un tsunami que, por momentos, pareció inevitable. La Agencia Meteorológica de Japón (JMA) advirtió que las olas podrían alcanzar hasta tres metros y ordenó la evacuación inmediata de las zonas costeras. Las sirenas se mezclaron con el sonido de los altavoces oficiales que instaban a la población a buscar refugio en terrenos elevados o edificios preparados para emergencias. Tokio, a cientos de kilómetros del epicentro, también sintió el temblor: los rascacielos se balancearon como péndulos, recordando la fragilidad de la vida en un país que convive con la amenaza sísmica. El gobierno activó su equipo de crisis y la primera ministra, Sanae Takaichi, pidió calma mientras confirmaba que se estaban evaluando los daños. En paralelo, más de 170.000 personas fueron evacuadas en cinco prefecturas, Hokkaido, Aomori, Iwate, Miyagi y Fukushima, en un operativo que recordó escenas de otras tragedias pasadas. Las imágenes de familias cargando bolsas de emergencia y revisando rutas de evacuación evocaron la memoria del devastador terremoto y tsunami de 2011, aquel que dejó casi 18.500 muertos o desaparecidos y provocó el desastre nuclear de Fukushima. Esta vez, los operadores nucleares aseguraron que no se registraron anomalías ni niveles inusuales de radiación. El transporte también se vio golpeado: el tren bala y otros servicios ferroviarios quedaron suspendidos por cortes de electricidad y protocolos de seguridad. En Hachinohe, un hombre resultó herido al caer por las escaleras de su casa durante el sismo, y fue trasladado al hospital. Horas después, la alerta de tsunami fue levantada, pero la tensión permaneció en el aire. Japón, asentado sobre cuatro placas tectónicas en el borde del “Anillo de Fuego” del Pacífico, sabe que cada sacudida es un recordatorio de su destino geológico: un país que tiembla resiste y se prepara, una y otra vez, para la próxima embestida de la naturaleza.

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