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La Argentina sigue en el limbo. Los precios de los bonos, la baja de la Bolsa y la quietud del dólar, sumado a la negociación de la deuda y el destino de la cartera de Economía, inundó las cuevas de la City. Salir del default es condición necesaria, pero no suficiente, para que no se termine de derrumbar la economía del país. El país le agregó a la pandemia global, su propia pandemia: la expropiación de Vicentin. Mientras la Reserva Federal de los Estados Unidos les compra bonos a las empresas, la Argentina se abalanza sobre las acciones de Vicentín, en vez de dejar que el concurso preventivo avance. En Estados Unidos, la compra de bonos, que son préstamos a empresas a tasa casi cero, es para que no lleguen al concurso preventivo y tengan que soportar daños irreparables. Nadie como ellos tiene claro que las empresas en manos del Estado no son una solución. Esa diferencia se ve en las acciones de los operadores de ambos países. Allá siguen apostando a las Bolsas, porque están seguros de que la economía se recuperará. En la Argentina, pasado el Covid-19, se imagina a un país que comienza a reconstruirse, que no es lo mismo que recuperarse, como si hubiera pasado una guerra. Vicentin dejará una marca que impedirá que lleguen las inversiones que se necesitarán para que la economía recupere su tamaño anterior. Aunque el Congreso la salve de la expropiación, la inseguridad jurídica será un sello indeleble en el futuro que influirá en los precios de los bonos locales que cotizarán con paridades bajas y tasas de retorno muy elevadas. En otras palabras, se podrá salir del default, pero el riesgo país seguirá elevado. Es curioso, que en vez de premiar a los sectores que aportan divisas y valor agregado (más empleos), se cierna sobre ellos la doble amenaza de más impuestos o de la estatización de la empresa.

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