El oficialismo convirtió un incidente parlamentario en bandera de disciplina. La diputada Florencia Carignano, del bloque justicialista, desenchufó cables durante la sesión sobre la reforma laboral y desató la furia de La Libertad Avanza. Martín Menem, presidente de la Cámara Baja, no dudó en calificar la maniobra como “inaceptable” y en deslizar la posibilidad de expulsarla. La frase que utilizó fue lapidaria: “La lógica sería que no trabaje más”. El gesto de Carignano, más que un acto aislado, se transformó en el detonante de un discurso oficialista que busca instalar la idea de orden frente a la “barbarie” opositora. Menem insistió en que los números para aprobar la reforma estaban asegurados y acusó a la diputada de intentar sabotear la sesión. La amenaza de expulsión, aunque difícil de concretar por la necesidad de dos tercios, funciona como advertencia política: quien cruce la línea será señalado y castigado. La embestida contra Carignano es apenas la antesala de un año cargado de reformas. Menem adelantó que el oficialismo irá por la eliminación de las PASO, la reducción de costos electorales y un rediseño de la Boleta Única de Papel para simplificar el voto partidario. En paralelo, se prepara el desembarco de la Ley de Glaciares en Diputados, junto con cambios en el financiamiento universitario y un nuevo Código Penal impulsado por la Casa Rosada. La estrategia es clara: disciplinar a la oposición mientras se acelera la maquinaria reformista. En ese tablero, Carignano aparece como el chivo expiatorio de un oficialismo que busca mostrar músculo y marcar territorio. La crónica de estos días en el Congreso no habla sólo de cables desenchufados: habla de poder, de advertencias y de una agenda que pretende avanzar sin concesiones.
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