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La polémica comenzó con una frase que sonó más a provocación que a diagnóstico. El ministro de Economía, Luis Caputo, aseguró en una entrevista que nunca compra ropa en la Argentina porque los precios son “un robo”. El comentario, lanzado con ironía, no tardó en encender la reacción de un sector que ya atraviesa una crisis profunda. El primero en salir al cruce fue Claudio Drescher, presidente de la Cámara Industrial Argentina de la Indumentaria (CIAI) y empresario de larga trayectoria, quien transmitió enojo y decepción: “Es desilusionante que un ministro se refiera con sarcasmo a una actividad que sostiene miles de empleos”, dijo, marcando la distancia entre los despachos oficiales y la realidad de las fábricas. Caputo había planteado que el textil es un sector protegido durante años y que los consumidores argentinos pagan precios muy por encima de los internacionales. Drescher devolvió la crítica con una radiografía más amplia: “No compra ropa, pero tampoco autos, ni comida, ni neumáticos. Todo en la Argentina es más caro. El problema no es la ropa, es el sistema”. El empresario detalló la pesada carga impositiva que enfrenta la industria: IVA, impuesto al cheque, aranceles de tarjeta, costos financieros y alquileres que, sumados, dejan a las empresas con apenas un 45% de margen antes de cubrir diseño, logística y publicidad. “Esto no pasa en ninguna parte del mundo”, subrayó. Los números acompañan la preocupación. Entre 2023 y 2025 se perdieron 16.000 empleos directos en la indumentaria, mientras las importaciones crecieron un 61%. Según Drescher, el impacto real es mucho mayor: “Se han perdido 200.000 puestos formales y centenares de miles informales”. El último informe de la Federación de Industrias Textiles Argentinas (FITA) confirma el deterioro: en noviembre, la utilización de la capacidad instalada cayó al 29,2%, el nivel más bajo de todo el entramado industrial. La discusión expone un dilema político. Drescher rechaza tanto el proteccionismo del pasado como la apertura irrestricta actual. “Ese proteccionismo no sirvió, pero este liberalismo ingenuo es suicida”, afirmó. Su crítica apunta a la competencia desleal de plataformas como Temu y Shein, que ingresan al país pagando solo IVA, mientras las firmas locales cargan con múltiples tributos. La crónica de este enfrentamiento revela más que un cruce de declaraciones: muestra la distancia entre un gobierno que defiende la apertura y un sector que denuncia la asfixia impositiva y la pérdida de empleo. En los pasillos políticos y empresariales, la pregunta que flota es si la Argentina puede sostener su industria textil en un mercado global que avanza sin frenos, mientras las fábricas locales se apagan una tras otra.

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