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Los intendentes del PJ de la primera sección electoral bonaerense que ayer almorzaron con Axel Kicillof en La Plata no ocultaron el malestar por la situación que se generó el pasado lunes en los principales parques de la ciudad de Buenos Aires. El gobernador avaló el reclamo y aseguró que le había hecho llegar el disgusto a Horacio Rodríguez Larreta. El jefe de Gobierno había recibido en las oficinas de Uspallata al gabinete del Ministerio de Seguridad para definir cómo evitar la aglomeración de corredores en momentos en que la curva de contagios por coronavirus pareciera entrar en su peor fase. Resolvieron limitar el tránsito en avenidas para dar más espacio, como al final instrumentaron. Sergio Berni, el ministro de Seguridad bonaerense que apareció en televisión con una carabina en un operativo policial, y que suele evitar los eufemismos, le agregó pimienta al asunto: “Se acabó la solidaridad entre la Ciudad y la provincia”, resaltó. El jefe de Gobierno no tiene pensado dar marcha atrás. Al menos hasta que los datos sanitarios arrojen una comprobación certera de que el descontrol con los runners colaboró en la propagación del virus. Incluso en la tarde de ayer se mostró convencido, según su entorno, de que pudo sortear el escollo político y sanitario con La Plata y la Casa Rosada.

“La idea ahora es mostrarse más restrictivos para no confrontar. Y esperar unos días para evaluar nuevas medidas”, agregan altas fuentes del Gobierno porteño. Es decir: la Ciudad no sólo no planea ir hacia atrás en la administración del aislamiento, si no que, si los casos no se multiplican más de la cuenta, estudian nuevas aperturas. En la Provincia, la situación es distinta. El aumento en la curva de contagios preocupa a Kicillof y su gabinete. El gobernador es mucho menos fanático de las encuestas que su colega de Ciudad, que ve el reflejo empírico del hartazgo social de los más de 80 días de encierro que objetivamente sirvieron para ralentizar la evolución del virus y preparar al sistema de salud. El gobernador además es consciente de que la gestión hospitalaria en el Gran Buenos Aires puede colapsar de una semana a la otra. Ante el aumento de los casos positivos que se empezaba a avecinar Alberto Fernández, Rodríguez Larreta y Kicillof definieron entonces el pasado jueves extender la cuarentena en el AMBA por tres semanas más y no por quince días, para ganar tiempo y alargar un poco más las tensiones políticas y sanitarias que se presentan en la víspera de los anuncios. En la Ciudad, la fatiga social y la crisis económica empiezan a tener cada vez más lugar en la mesa de crisis de la cúpula gubernamental. “No podemos ir contra eso”, admiten. Los funcionarios del sector económico del gabinete aseguran que un 40% de los negocios gastronómicos están o van hacia la quiebra. Y que la sociedad muestra señales evidentes de cansancio. También lo percibe el Presidente, que oficia de mediador entre Kicillof y Rodríguez Larreta. Por ahora, su mensaje de vuelta a la “cuarentena absoluta”, remarcan en la Casa Rosada, es solo un mensaje.

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