La política argentina nuevamente elige la “creación” de enemigos a quienes enfrentar y hacer responsables de todo. Alberto Fernández, está dando claras señales de que su enfrentamiento será con el ex presidente, Mauricio Macri. A Fernández parece no importarle que con este frente de batalla, lo que está logrando es el abroquelamiento de la oposición en lugar de separarla. Desde el entorno presidencial ya se especula con ataques conspirativos que alimentan medidas vinculadas al dólar y a las empresas. Fernández parece armar batallas que, lejos de la construcción política difundida cuando buscaba mostrarse como la superación de Cristina Fernández, lo presentan como extremadamente exacerbado. En el contexto de emergencia en que está el país, resulta precipitada la decisión de utilizar “el conflicto” como estrategia política. Si la intención fue imaginar diagonales frente al agotamiento social y apresurar un temario post cuarentena, podría pensarse en una sucesión de pasos errados o que no dieron los resultados esperados. Pero la opción por la pelea y no el consenso como camino político es un dato en sí mismo que conlleva otra decisión: la elección de enemigos y también de socios privilegiados.
En ese juego, que nace en el escritorio pero trasciende esos límites, el proyecto de reforma del fuero federal quedó plantado como test decisivo. Quedó además presentado como pieza de un plan y no como iniciativa sin añadidos. Las cargas sobre el procurador general interino, las señales de presión a la Corte Suprema y la intención de desplazar a una decena de jueces, entre ellos dos camaristas federales, son pinceladas potentes en esa tela. El principal sostén es el kirchnerismo duro, empezando por Cristina Fernández, que coloca su marca por encima de la iniciativa original de Olivos. La resultante de esto es la sensación de “lejanía” que tiene la ciudadanía, con los problemas que la desvelan cómo la inseguridad o los vaivenes económicos. Los riesgos de una reacción “antipolítica” asoman al olfato de cualquiera.
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