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Keiko Fujimori asumió la presidencia del Perú en una ceremonia solemne en el Congreso, rodeada de mandatarios latinoamericanos, entre ellos Javier Milei. Con ese juramento, la hija del expresidente Alberto Fujimori se convirtió en la primera mujer elegida por voto popular para conducir los destinos del país, tras cuatro intentos fallidos y más de tres décadas después de la llegada de su padre al poder. Su discurso estuvo marcado por la promesa de cumplir y hacer cumplir la Constitución, proteger a los sectores históricamente postergados y trabajar por un Perú seguro, próspero y unido. Pero el desafío que enfrenta es monumental: gobernar un país que tuvo ocho presidentes en diez años, víctima de una inestabilidad política que erosiona la confianza ciudadana en las instituciones. La nueva mandataria llega con una ventaja inédita: una mayoría en el Senado y fuerte influencia en órganos clave de justicia, lo que le otorga un blindaje frente a los intentos de destitución que derribaron a sus predecesores. Sin embargo, la Cámara de Diputados, dominada por la oposición, se perfila como el principal espacio de negociación y tensión. Más allá de la gobernabilidad, la inseguridad ciudadana aparece como el reto más urgente. Las extorsiones en el transporte público han dejado más de 150 muertos en Lima y Callao en los últimos dos años, y el crimen organizado se expande con violencia y amenazas. Fujimori promete “mano dura” y planea construir cinco nuevas cárceles, incluida una de máxima seguridad inspirada en el modelo salvadoreño de Nayib Bukele. En el terreno económico, deberá ordenar las cuentas fiscales y atraer inversión extranjera, mientras el gasto público sigue en aumento. Y como si los desafíos políticos y sociales fueran pocos, el fenómeno de El Niño amenaza con lluvias e inundaciones de magnitud inédita hacia fin de año. Keiko Fujimori inicia así un mandato de cinco años bajo la sombra del fujimorismo, con poder político como ningún presidente desde la salida de su padre en el año 2000. Su gestión pondrá a prueba la capacidad de ese movimiento de reinventarse y ofrecer estabilidad en un país acostumbrado a la incertidumbre.

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