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Francia atraviesa días de sofoco que parecen no dar tregua. Desde mediados de junio, una ola de calor ha transformado la vida cotidiana en un escenario de emergencia nacional. El primer ministro Sébastien Lecornu, al abrir una reunión de crisis en París, confirmó que ya son 40 las muertes por ahogamiento, en su mayoría jóvenes, desde que comenzaron las temperaturas extremas. El país se encuentra bajo un cielo ardiente: en el suroeste se esperan picos de 44 grados, y nueve de cada diez franceses están sometidos a alerta roja o naranja. Los especialistas insisten en que el cambio climático es el motor que intensifica estos episodios, cada vez más frecuentes y peligrosos. Las tragedias se multiplican. Un futbolista de segunda división quedó en estado de muerte cerebral tras lanzarse al río Ródano en una zona prohibida. En Carpentras, dos pequeños hermanos fueron hallados sin vida dentro del auto familiar. En el suroeste, tres ancianos murieron en sus casas sofocados por el calor. La ministra de Deportes, Marina Ferrari, advirtió sobre los riesgos de bañarse en lugares no vigilados, un hábito que se vuelve letal en jornadas como estas. Lecornu subrayó la incertidumbre: nadie sabe cuánto durará esta ola, y el gobierno ya contempla la posibilidad de que se extienda hasta bien entrado julio. El recuerdo de agosto de 2003, cuando cerca de 15.000 personas fallecieron en apenas dos semanas de calor extremo, vuelve como una sombra que sobrevuela la memoria colectiva. La crisis actual no sólo desnuda la fragilidad frente al clima, sino también la urgencia de replantear cómo enfrentar un futuro marcado por fenómenos cada vez más violentos y persistentes.

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