La escena industrial argentina abrió el año con un golpe seco: el corazón metalúrgico volvió a resentirse y expuso, con crudeza, la magnitud de la crisis. El informe de la Asociación de Industriales Metalúrgicos (Adimra) reveló que en enero la actividad se desplomó un 6,2% interanual, con un nivel de utilización de la capacidad instalada que apenas roza el 40%, el registro más bajo en cuatro años. El dato no es aislado. Apenas horas antes, el cierre de Fate dejó sin empleo a 920 trabajadores y se convirtió en símbolo de un escenario donde las importaciones chinas avanzan y las ventas locales retroceden. La postal es la de un aparato productivo que funciona a media máquina, con sectores enteros paralizados y sin señales de reactivación. La radiografía sectorial muestra que ningún rubro escapó al derrumbe: la fundición se hundió un 17,8%, autopartes retrocedió 8,5%, carrocerías y remolques 6,8%, equipos eléctricos 5,5% y maquinaria agrícola 3,4%. Elio Del Re, presidente de Adimra, advirtió que la industria inicia el año “en niveles históricamente bajos, con capacidad ociosa elevada y sin horizonte claro de recuperación”. El empleo también acusa el golpe: en enero se registró una caída del 2,7% respecto al mismo mes de 2025 y del 0,3% frente a diciembre. La combinación de importaciones en alza y consumo en retroceso configura un cuadro recesivo que amenaza con profundizar la pérdida de puestos de trabajo y debilitar aún más la producción nacional. En este clima, la política económica se enfrenta a un dilema: cómo sostener la industria en un contexto de apertura comercial y demanda interna en caída libre. La crisis metalúrgica no es solo un dato técnico: es un termómetro del pulso económico y social de un país que arranca el año con más sombras que certezas.
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