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La relación que durante años funcionó como engranaje central del poder bonaerense se quebró en silencio y estalló en público. Axel Kicillof y Julio Alak, aliados desde 2019, hoy transitan caminos enfrentados. El detonante fue la propuesta de Cristina Fernández: instalar al intendente de La Plata al frente del PJ bonaerense, desplazando la candidatura de Verónica Magario. Lo que parecía un gesto lógico se transformó en un conflicto abierto. Kicillof interpretó la jugada como un doble golpe: el veto a su candidata y la sospecha de que Alak había tejido su propia estrategia con la expresidenta. El gobernador reaccionó con dureza y envió a dos de sus operadores a comunicarle al intendente que no avalaría su desembarco en el partido. Desde entonces, el diálogo quedó congelado. La tensión no surgió de la nada. En los últimos meses, episodios sucesivos fueron erosionando la confianza. El intento de Carlos Bianco de armar una lista legislativa en La Plata sin consultar a Alak, el pedido de Kicillof para que el municipio comprara Letras del Tesoro sin cumplir luego con las obras prometidas, y la disputa por la síntesis política en la capital bonaerense dejaron cicatrices profundas. Para Alak, la conducción del PJ provincial era más que un cargo: era la plataforma hacia su proyecto de gobernador. Su currículum lo respalda, intendente durante 16 años, ministro de Justicia en dos gestiones, presidente de Aerolíneas Argentinas, pero el veto de Kicillof lo dejó fuera de juego. El resultado es un quiebre que reconfigura el mapa interno del peronismo bonaerense. Donde antes había sintonía y cooperación, hoy se impone la desconfianza. La política provincial, siempre atravesada por tensiones y lealtades cambiantes, suma así un nuevo capítulo de desencuentros en la cúpula del poder.

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