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El ministro de Economía Martín Guzmán, presentó en Diputados, el proyecto de Presupuesto para 2021, apoyado formalmente en la necesidad de generar credibilidad para recuperar la economía. “No convencen varias proyecciones de sus números”, dijeron desde la oposición, aunque el problema central del ministro fue la contradicción que representa alertar una y otra vez sobre la gravedad de la crisis y al mismo tiempo suponer que el Presupuesto es un remedio en sí mismo, ajeno a la política. La caída histórica del PBI, no es producto de la “herencia” y de la “pandemia”, como deslizó Guzmán en su exposición. Los capítulos aportados con letra propia como el manejo del cepo al dólar en los últimos días, el cierre de comercios y de PyMEs y la pérdida de miles de puestos de trabajo, sin duda también inciden en la realidad económica nacional. Sin embargo, no hubo reflexión sobre el sustento político para salir de la crisis. El ministro expuso formalmente la necesidad de un diálogo serio y responsable, tal vez con cierto delay en el discurso, y fue a la vez repetitivo para cuestionar la gestión macrista. El clima para acompañar la exposición de Guzmán fue generado por la puesta de Sergio Massa. Aseguró un ámbito prolijo para la exposición del ministro y sostuvo que el Presupuesto 2021 debería generar “certezas y previsibilidad” para reanimar la economía. Una manera de reconocer, quizá, el panorama de incertidumbre que el Gobierno no logra despejar, ni siquiera con resultados como la renegociación de la deuda, por efecto de su propia política.

Guzmán se vio además en la urgencia de recomponer su lugar luego de haber sido superado en la pulseada interna por el presidente del Banco Central, Miguel Angel Pesce, quien venía insistiendo con un impostergable freno a la salida de dólares, con reservas en zona de alarma. A pesar de las resistencias del ministro, Alberto Fernández resolvió reforzar el cepo, revirtiendo incluso declaraciones suyas y exponiendo la estrategia fallida del jefe de Economía. Desde ese día, el discurso sobre el dólar se hizo público y lineal. Fernández repitió la consigna de cuidar los dólares para la producción y no para guardar, algo que Guzmán tradujo en Diputados como el objetivo destacado de recuperar las reservas. Allí dejó dudas sobre la extensión en el tiempo de las restricciones, a pesar de que las consideró excepcionales. El tema de la credibilidad, a pesar del disgusto en su propia y cercana experiencia en la materia, expresó una limitación conceptual extendida en el oficialismo. El ministro sostuvo que la credibilidad sería fruto de la “consistencia” técnica en los lineamientos económicos. Reconoció el respaldo del Congreso al modo de encarar las tratativas con los acreedores externos, pero no parece haber sacado conclusiones sobre por qué el resultado de la negociación se diluyó rápidamente, sin generar la sostenida reacción positiva que él mismo pronosticaba.

El ministro insistió ayer con conceptos siempre vinculados a medidas prácticas para proyectar estabilidad macroeconómica. Todo, ajeno al contexto y al sustento político. Eso último expone seguramente la mayor contradicción frente a la realidad en sentido integral. Al menos en público, Guzmán y el Gobierno en general prefieren no evaluar el impacto del rumbo político decidido finalmente por el Presidente con fuerte impronta de Cristina Fernández. Por supuesto, gravitan también la interna oficialista sobre la centralidad en el poder y el quiebre profundo en la relación del Gobierno con la oposición, con otra derivación en la Corte por la poda de recursos a la gestión porteña y con conflicto creciente en el Senado, algo que por ahora parece más contenido y manejado en la Cámara de Diputados. Visto así, la repetida historia en torno del dólar es síntoma de un problema mayor. Y lo que ocurre en política no es una anécdota, sino más bien un motor central de incertidumbre. Difícil apostar a la credibilidad, como dijo y reiteró el ministro, sólo con los apuntes del Presupuesto.

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