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Mauricio Macri no fue a Comodoro Py a dar un testimonio técnico: fue a marcar territorio político. En su declaración por la causa “Sueños Compartidos”, el expresidente desempolvó viejos recuerdos y los transformó en munición contra Alberto Fernández. Con gesto de víctima y tono acusador, Macri relató que el entonces jefe de Gabinete kirchnerista lo “intimó” para liberar pagos a la Fundación Madres de Plaza de Mayo. No se trató de un detalle administrativo, sino de un episodio que, según él, expone la presión política que atravesaba la gestión porteña. El relato incluyó a Esteban Bullrich y María Eugenia Vidal como testigos de la negativa a seguir girando fondos, y se adornó con la anécdota de Hebe de Bonafini tomando la Catedral en 2008. Todo servido en bandeja para reforzar la idea de que el kirchnerismo mezclaba militancia con gestión, y que el costo lo pagaba el Estado. El juicio investiga el desvío de más de 200 millones de pesos, pero Macri prefirió centrar su declaración en Alberto Fernández. No habló como testigo: habló como opositor. Y en ese registro, cada palabra buscó instalar la imagen de un kirchnerismo que presionaba, exigía y desbordaba los límites institucionales. La jugada es clara: en un proceso donde los Schoklender, De Vido y López son los principales acusados, Macri eligió poner a Fernández en el banquillo simbólico. No importa que no figure en la lista de imputados: lo importante es que quede señalado en la narrativa política. En definitiva, más que un aporte judicial, Macri ofreció un editorial disfrazado de testimonio. Y en ese editorial, el mensaje fue directo: el kirchnerismo no sólo administraba fondos, también administraba presiones.

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