El tiempo - Tutiempo.net

Washington amaneció con un aire de tensión que se respiraba incluso en los pasillos alfombrados de la Casa Blanca. Donald Trump, con gesto firme y palabras calculadas, decidió poner sobre la mesa lo que hasta ahora se mantenía en la penumbra: los cuatro pilares de la ofensiva conjunta con Israel contra Irán. No fue un anuncio menor, sino la confirmación de que la operación bautizada como “Furia Épica” no es un episodio fugaz, sino un proyecto de largo aliento. El presidente habló de plazos, pero lo hizo con la elasticidad de quien sabe que la guerra nunca se mide en semanas. “Cuatro o cinco”, dijo primero; “lo que sea necesario”, corrigió después. La ambigüedad no es casual: es el lenguaje de quien prepara a la opinión pública para una campaña que podría extenderse más allá de lo previsto. Los objetivos, enumerados con la frialdad de un manual militar, dibujan el mapa de la estrategia: desmantelar los misiles balísticos iraníes, pulverizar su poder naval, bloquear cualquier intento de desarrollo nuclear y cortar las redes de influencia que Teherán teje en la región a través de Hezbollah y Hamas. Cada punto es, en realidad, una declaración de intenciones sobre el lugar que Estados Unidos quiere ocupar en el tablero de Medio Oriente. La retórica de Trump se endureció aún más en el diálogo con la CNN: “La gran ola aún no ha llegado”, advirtió, como si el bombardeo del fin de semana hubiera sido apenas un prólogo. La amenaza de intensificación se mezcla con la posibilidad de enviar tropas terrestres, un paso que marcaría un giro decisivo en la escalada. El telón de fondo es sombrío: la conducción política iraní atraviesa un vacío tras la muerte de decenas de funcionarios, incluido el ayatolá Ali Khamenei. En ese contexto, la ofensiva estadounidense se presenta no sólo como un ataque militar, sino como una apuesta por redefinir el equilibrio de poder en la región.

Compartir

.