El sistema financiero argentino atraviesa un dilema que refleja las tensiones de la economía real: mientras las tasas de interés muestran cierta moderación y la inflación continúa en proceso de desaceleración, el crédito al sector privado permanece estancado. En junio, los préstamos en pesos apenas crecieron un 0,3%, una cifra que desnuda la falta de dinamismo. El avance de las líneas para empresas contrastó con la retracción de los créditos destinados a las familias, que cerraron con una caída del 0,8% en términos reales. Las financiaciones con tarjeta de crédito se desplomaron un 4,2% interanual y los préstamos personales retrocedieron 1,1%, según el Informe Monetario del Banco Central. La contracara de este pobre desempeño es la persistencia de la morosidad. La consultora 1816 estimó que la irregularidad en los créditos al consumo trepó del 12,1% en abril al 12,7% en mayo, mientras que en el segmento empresarial pasó de 3,3% a 3,5%. El total del sector privado se ubicó en 7,7%, un nivel que refleja la fragilidad del sistema. Los bancos, conscientes de los riesgos, optan por una estrategia defensiva: endurecen criterios de calificación, mantienen límites de tarjetas sin actualizar y priorizan la colocación de fondos en deuda pública. La lógica es clara: con un consumo privado estancado y una demanda de financiamiento débil, las entidades prefieren “limpiar” sus carteras antes que expandir el crédito. Incluso en sectores con señales de recuperación, como la venta de autos, el financiamiento no acompaña. Los préstamos prendarios cayeron 0,4% en junio y acumulan una tendencia descendente desde finales del año pasado. El único segmento que muestra vigor es el hipotecario ajustado por UVA, con un crecimiento interanual del 63% y baja morosidad, y los préstamos en dólares, que avanzaron 48,7% en el último año, impulsados por el comercio exterior. Aun así, el panorama general es preocupante: el crédito bancario en pesos apenas representa el 9,2% del PBI, muy por debajo del promedio regional del 47%.
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