En medio de un tablero internacional marcado por la guerra en Medio Oriente, Javier Milei prepara un nuevo gesto de alineamiento: entre el 19 y el 22 de abril aterrizará en Israel para participar de las celebraciones por el Día de la Independencia. El viaje, que lo llevará por tercera vez a Tel Aviv desde que asumió la presidencia, lo coloca en un escenario de alta exposición junto a figuras de peso: Benjamín Netanyahu y Donald Trump. La invitación incluye un ritual cargado de simbolismo: el encendido de antorchas del 21 de abril, ceremonia que condensa la narrativa fundacional del Estado israelí. Netanyahu, además, abrió la puerta para que Trump reciba el Premio Israel por la paz, en un contexto de tregua frágil con Irán y recrudecimiento de tensiones en el Líbano. En Buenos Aires, mientras tanto, la Casa Rosada mantiene en suspenso la decisión de trasladar la embajada argentina de Tel Aviv a Jerusalén. Aunque Milei anunció en la Knéset en junio de 2025 que el movimiento se concretaría en 2026, los despachos oficiales advierten sobre obstáculos diplomáticos y jurídicos que frenan la iniciativa. La política exterior se acompaña de un refuerzo interno: el Gobierno prorrogó la alerta de seguridad nacional, con foco en infraestructura crítica y la comunidad judía. La Cancillería declaró persona non grata al encargado de negocios iraní y el Ejecutivo catalogó a la Guardia Revolucionaria como organización terrorista, pasos que acercan a la ruptura de relaciones con Teherán. Sin embargo, en Balcarce 50 descartan cualquier participación militar en la región. “El apoyo es político, hasta donde podamos”, admiten funcionarios, conscientes de las limitaciones operativas para intervenir en escenarios como el estrecho de Ormuz. El viaje de Milei, entonces, se inscribe en una trama mayor: la búsqueda de protagonismo en un tablero global convulsionado, donde cada gesto diplomático se convierte en mensaje y cada foto compartida, en señal de alineamiento.
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