La tensión en el Golfo Pérsico se disparó nuevamente cuando Washington y Teherán protagonizaron un segundo día consecutivo de ataques cruzados en torno al estratégico estrecho de Ormuz, arteria vital para el comercio energético mundial. El Pentágono confirmó que sus fuerzas aéreas bombardearon cerca de 90 instalaciones militares iraníes, incluyendo sistemas de defensa antiaérea y depósitos de drones, con el objetivo de garantizar la libre circulación de buques comerciales. Irán, por su parte, reivindicó ofensivas contra bases estadounidenses en Baréin, Kuwait y Catar, asegurando haber alcanzado sistemas Patriot y tanques de combustible mediante drones kamikaze. La escalada amenaza una vía marítima por la que circulaba, antes del conflicto, alrededor del 20% del petróleo y gas natural licuado consumidos globalmente. El presidente Donald Trump declaró el fin de la tregua y advirtió en su plataforma Truth Social: “Esto es en represalia por el bombardeo de barcos de ayer por parte de Irán. Si vuelve a ocurrir, será mucho peor”. Aunque reconoció contactos con autoridades iraníes, puso en duda la posibilidad de un acuerdo al describir a sus interlocutores como “un poco locos”. En paralelo, medios iraníes informaron que los bombardeos estadounidenses destruyeron un puente ferroviario en el noreste del país, obligando a suspender el servicio entre Teherán y Mashhad, donde estaba previsto el funeral del antiguo líder supremo Alí Jamenei, asesinado el 28 de febrero en el inicio de la ofensiva israeloestadounidense. El pulso por el control de Ormuz se ha convertido en el eje de la disputa: Teherán insiste en imponer condiciones y cobrar peajes a los barcos que transiten la zona, mientras Washington defiende el principio de libre navegación. El negociador iraní Mohamad Baqer Qalibaf fue tajante: “El estrecho sólo abrirá plenamente bajo disposiciones iraníes”. La comunidad internacional observa con alarma. António Guterres, secretario general de la ONU, instó a “tomar medidas inmediatas para desescalar” y reactivar el diálogo. Omán, mediador habitual, condenó los ataques, pero evitó señalar directamente a Irán. El impacto económico ya es palpable: según la Organización Marítima Internacional, cerca de 6.000 marinos permanecen varados en la región, atrapados en medio de una crisis que amenaza con prolongarse.
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