Alberto Fernández, luego de la reunión con Axel Kicillof y Horacio Rodríguez Larreta, deberá tomar la decisión de cómo continuar con la cuarentena, en medio de índices de contagiosidad muy altos, el cansancio social y, una profunda crisis económica que produce un nivel de incertidumbre insoportable en buena parte de la población. El anuncio se hará el próximo viernes, límite fijado para esta etapa de renovadas restricciones, que en rigor limitaron el transporte y repitieron el cierre de miles de comercios considerados no imprescindibles. Todas las últimas declaraciones de funcionarios nacionales, bonaerenses y porteños venían anticipando una flexibilización de la cuarentena, aunque anoche mismo el número de contagios suponía alguna cautela sobre el grado de apertura. Hay datos descarnados y en consideración que ahora circulan más abiertamente pero que no son nuevos. El principal renglón alude al agravado deterioro social y lo expone una descripción repetida: las enormes colas en comedores, ollas populares y merenderos, manejados por intendentes, por movimientos sociales y por las iglesias Católica y evangélicas, entre otras organizaciones y entidades. Esa demanda ha crecido en número y en composición. Es decir, se destaca el número de personas asistidas en villas y en barrios populares y también la presencia de familias de clase media y media-baja que vieron deteriorados y hasta perdidos sus ingresos. Es uno de los síntomas del impacto de la crisis en la economía formal, con estribaciones demoledoras en la economía informal.
Jefes comunales del GBA y fuentes del gobierno porteño coinciden en que con las mayores limitaciones bajó el nivel de traslados, especialmente en el transporte público, pero poco cambió la circulación barrial. Eso expresaría una flexibilización de hecho vinculada con la “fatiga social”, una definición que combina desde necesidades de economía doméstica hasta los efectos psicológicos desgastantes de la extensa cuarentena. En el análisis de la mayoría de los consultores políticos asoman desde hace rato cifras para ponderar ese fenómeno múltiple y, más allá de cualquier contrapunto numérico, parece clara la tendencia de desgaste o hartazgo. Mucho de ese cuadro fue considerado antes de volver a esta fase de aislamiento más severo y quedó planteado para el círculo presidencial y para los jefes políticos de la Capital y la provincia, que debería perfilarse desde el poder un horizonte de salida al reclamar un “último” esfuerzo. Pero no hubo mensaje claro en esa dirección, más allá de imprecisas referencias a una agenda para la postpandemia, de escasa traducción práctica para el común de la gente. La indefinición sobre una perspectiva más o menos concreta dejó un espacio que fue ocupado de hecho por la sensación de que el nuevo capítulo a partir de mañana será más blando, con menores restricciones. Y de hecho, muchas declaraciones de funcionarios alimentaron esa sensación. Con un agregado fundamental: en esa línea fueron anotadas también declaraciones del ministro y del número dos de Salud en la provincia, Daniel Gollán y Nicolás Kreplak, que hasta ahora vienen dejando huella con sus declaraciones alarmistas.
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