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A días del ataque a Venezuela y la detención de Nicolás Maduro, el núcleo duro del chavismo exhibe una postal de cohesión que, al menos por ahora, no muestra grietas evidentes. El control de las Fuerzas Armadas sigue en manos del ministro de Defensa, Vladimir Padrino López, una figura central del poder militar desde 2014 y garante histórico del orden interno del régimen. Los analistas coinciden en que no hay señales públicas de fractura: “Hasta el momento, las Fuerzas Armadas se mantienen alineadas. No hay indicios claros de división”, sostuvo Phil Gunson, especialista del Crisis Group, en un reciente informe sobre el escenario venezolano. Ese respaldo no es individual. Padrino López actúa en tándem con Diosdado Cabello, ministro de Interior y Justicia y responsable del engranaje represivo del chavismo. Ambos, con pedidos de captura internacional y recompensas millonarias ofrecidas por Estados Unidos, representan una paradoja clave para el nuevo gobierno encabezado por Delcy Rodríguez: son el principal sostén de su continuidad, pero también el mayor límite a cualquier intento de negociación política con Washington. El chavismo sin Maduro intenta consolidar una narrativa de resistencia, unidad y confrontación externa. El discurso hacia las bases permanece intacto, con gestos de beligerancia y defensa del líder preso en Nueva York. Sin embargo, debajo de esa superficie homogénea se reactivan disputas internas de larga data. El creciente poder del tándem civil que conforman Delcy Rodríguez y su hermano Jorge, titular de la Asamblea Nacional, genera desconfianza en el ala militar. La tensión entre conducción política y mando castrense no es nueva, pero hoy adquiere un peso decisivo: ambos sectores se necesitan para sobrevivir, aunque ninguno confía plenamente en el otro. La primera decisión de Delcy Rodríguez como presidenta fue leída en clave interna. Al designar a Gustavo González López como jefe de la Guardia de Honor, envió una señal directa al poder militar. González López no es un actor neutro: es un hombre de extrema confianza de Diosdado Cabello. Para distintos analistas, el nombramiento funciona como un mecanismo de control y advertencia, más que como un simple refuerzo de seguridad. En paralelo, el arresto de al menos 14 periodistas durante la ceremonia de asunción encendió alertas en el ámbito político y de derechos humanos. No se registra, por ahora, una ola represiva generalizada, pero estas detenciones resultaron llamativas por el costo simbólico y mediático que implican para un gobierno que busca legitimarse. Algunas lecturas internas apuntan a maniobras destinadas a desgastar a la nueva presidenta desde dentro del propio chavismo. Con la mayoría de los jefes militares bajo acusación en Estados Unidos, el margen de maniobra es reducido. La opción dominante es cerrar filas detrás de Padrino López y, al menos en esta etapa, respaldar a Delcy Rodríguez. La alternativa, una fractura interna, aparece como el escenario más riesgoso. En ese tablero, el factor militar sigue siendo decisivo. Más allá de la presión de Donald Trump y del desgaste político del chavismo, el futuro inmediato del país continúa dependiendo de un actor que, por ahora, elige la cohesión. Aunque sea una cohesión tensa, vigilada y condicionada.

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